Dicen que el verdadero amor cambia la vida de una persona, pero nadie habla de lo que sucede cuando ese amor se convierte en recuerdo.
Después de perder a Mael, Nessa aprendió que el dolor no llega de golpe; se instala lentamente en los pequeños detalles. En los audios que aún conserva en su teléfono, en las canciones que ya no puede terminar, en las madrugadas donde el silencio pesa demasiado y, sobre todo, en ese aroma suyo que sigue apareciendo en lugares donde él ya no está.
Todo terminó un 24 de marzo, o tal vez fue ahí donde comenzó a convertirse en eterno.
Porque hay amores que, incluso después de la muerte, encuentran la manera de seguir viviendo dentro de alguien.
En la memoria de unas manos que todavía recuerdan cómo era abrazarlos, en los lugares donde alguna vez existieron promesas, en el pecho de quien sigue esperando escuchar unos pasos regresar a casa.
Desde entonces, el amor empezó a parecerse a una presencia invisible que vive en cada recuerdo, en cada silencio, en cada instante donde el mundo sigue avanzando mientras una parte de Nessa permanece detenida en el último lugar donde existió Mael.
A veces extrañarlo duele de una forma tan profunda, que incluso respirar se siente como una traición y aun así, hay algo cruelmente hermoso en seguir amando a alguien que ya no puede volver. Como si el corazón se negara a aceptar que algunas personas nacieron para quedarse viviendo dentro de nosotros, incluso después de haberse ido.
Entre memorias que todavía arden y palabras que nunca tuvieron un final, Nessa volverá una y otra vez al amor que le cambió la vida, intentando entender cómo algo tan bonito pudo dejar una ausencia capaz de destruirlo todo.
Hay personas que se van, pero su aroma se queda viviendo en los recuerdos donde todavía seguimos amándolas.
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