A veces el hogar es un mapa de ausencias, un territorio donde los gritos tienen más peso que las caricias y donde el escritorio -ese pequeño país de uno mismo- amanece invadido por el desorden ajeno.
He pasado la vida esperando un abrazo que no llegara condicionado, un "perdón" que no trajera un "pero" escondido entre los dientes, y una mirada que no me llamara "inútil" mientras yo intentaba descifrar el mundo.
Este libro es mi inventario de cicatrices, pero también es mi brújula. Porque cuando los brazos de quien debía protegerme se volvieron muros o tormentas, aprendí que los abrazos también pueden ser un refugio enviado por Dios: el gesto de un padrino que te devuelve el aliento, la paz de un "paraíso" encontrado en otros ojos, y esa fe que me salva cuando el nudo en la garganta aprieta más que la realidad.
Escribo porque no quiero parecerme al olvido. Escribo para que, el día de mañana, mis hijos no conozcan el miedo, sino el nexo sagrado de ser escuchados. Para que mi casa deje de ser "ajena" y mis brazos sean, por fin, el lugar donde el mundo se detenga y la ternura sea la única ley.
Después de todo, la vida es eso: defender la alegría de las cenizas y aprender que, si un padre no supo abrazar, el cielo siempre se las ingenia para que no caminemos solos.
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