Landon Bailey odia los pueblos, los martes y no saber cómo decir adiós. Fue a Genoa solo por una pausa, entonces apareció ella: Natalie Anderson con su risa sarcástica, sus bailes bajo luces moradas y esa forma de hacer que todo duela bonito. Ahora... un año y medio después, Landon tiene dos caminos: irse y perderla, o quedarse y perderse a sí mismo. Esta es una historia antes del adiós, antes de que él entendiera que amarla no era suficiente si no la veía tal como era. Porque ella fue su canción favorita, y él... nunca aprendió a escucharla.
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