Yo no tengo doscientas razones para quererte, tengo solo una para amarte y no sé cuál es. Es por eso que si pierdes la vista, yo nunca te perdería de vista. Si cambias el estilo del pelo, me declaro fan de tu nuevo corte. Si rompes a llorar, besaré las agrientadas lágrimas de tus labios, aunque ya no sepan tan alegres como de costumbre.
Me volví un loco por el marrón miel en tus ojos, ese que se pega a mi mirada; pero he vuelto a ser un cuerdo por el negro en tus párpados. Así que si cierras los ojos para dormir, yo permaneceré despierto protegiendo tus sueños.
Soy un adicto a tus piernas, a la clave de sol de tu cuerpo, al temblor en tus muslos, a la fiebre sana que sanamente siento cuando me tocas el alma. Porque me encanta el sentir de tu mano, el tamaño de tus dedos, cómo se entrelazan mi corazón y tu palma; y cómo tu línea de vida dice que me amas. Y yo acaricio tus nudillos, pues no me hace falta leer nuestro futuro.
Me fascina tu labia, el labial en tus labios, el quejarme porque me he manchado cuando somos dos manchas de café en un libro que demuestra que sí, soy un torpe, pero que siempre podré encontrarte entre páginas.
Yo no tengo doscientas razones para amarte, tengo solo una y es no tener ninguna, porque mi única razón válida es que te amo.
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