Eran las cuatro de la mañana. Mi celular estaba en silencio, la pantalla encendida marcando cuarenta y tres llamadas perdidas. Yo bailaba con un tipo cuyo nombre no sabía. Mi vestido negro, corto, apenas cubría mis glúteos; el alcohol corría por mis venas y el hombre que bailaba conmigo se acercó más de lo que hubiera querido. -Eres tan sexy -dijo mientras me tocaba los muslos descaradamente. -Oye, estás muy cerca -respondí, apartando una de sus manos de mi pecho. En ese momento, mi amiga Clara se acercó como un colibrí. -¡Ela! Tu marido está aquí -dijo con un tono que dejaba claro que estaba hecho una furia. Levanté la mirada y me topé con los ojos depredadores de Mikhail. Se acercaba cada vez más hasta donde estaba yo, con su aire de todopoderoso y su estúpida -pero sexy- cara atrayendo las miradas de todos. Abría paso por donde iba sin siquiera tener que hablar. Lo odiaba... en serio lo odiaba. -Andando -dijo, sin lugar a discusión. Pero yo, en vez de seguirlo con la cola entre las patas como debía, sin saber que estaba a punto de arrepentirme de mi maldita lengua, le respondí: -No me iré de aquí. ¡No eres mi puto jefe! Ese fue el detonante que Mikhail necesitaba. -¿No soy tu jefe? -sacó su pistola y le disparó en el estómago a Axel. Los gritos no tardaron en llenar el lugar. Todos salieron corriendo. -¿No soy tu puto jefe? -repitió-. Si en tres segundos no empiezas a caminar hacia el auto, la próxima será Clara. Sus ojos no mentían. Era aterrador verlo enojado. -Eres un maldito demente -dije, temblando. Pero al verlo apuntar a la cabeza de Clara mientras me sostenía la mirada, supe que no tenía opciones. -Está bien... iré contigo -dije. Luego miré a Clara y a uno de los guardaespaldas de Mikhail. -Al menos llévenla a su casa. Mikhail miró a su hombre y asintió. Eso bastó. El guardaespaldas escoltó a Clara, que me miraba con preocupación mientras se alejaba. -Lleven a ese idiota al hospital. No deje
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