Dicen que el diablo no se presenta con cuernos y cola, sino con un traje a la medida, ojos del color de una tormenta de invierno y una voz ronca que es capaz de hacerte olvidar hasta tu propio nombre.
Yo tenía diecisiete años cuando aprendí esa lección de la manera más dolorosa.
El sonido de la lluvia golpeando los enormes ventanales de la casa del bosque era lo único que rompía el silencio sepulcral de la habitación. Me abracé a mí misma, sintiendo el frío de la seda de mi pijama contra la piel, mientras miraba la puerta con el corazón galopando desbocado contra mis costillas. Sabía que no debía estar aquí. Sabía que cada segundo que pasaba en esta propiedad era una traición imperdonable a mi propia sangre.
Escuché los pasos firmes y pesados aproximándose por el pasillo. La puerta se abrió con lentitud, revelando su imponente silueta de más de un metro noventa. Nikolai Volkov entró al lugar como el dueño absoluto de todo lo que pisaba, quitándose el abrigo oscuro que goteaba agua por la tormenta.
Fijó sus ojos grises en mí. Eran dos rendijas de acero, frías, calculadoras, pero cargadas de una posesividad que me hizo dar un paso atrás por puro instinto, chocando contra el borde de la cama.
-Estás temblando, malen'kaya -murmuró con esa voz ruda y profunda que siempre me erizaba la piel.
-Nikolai, por favor... esto está mal -susurré, y mi voz sonó tan pequeña, tan inocente, que sentí ganas de llorar. La culpa me carcomía el pecho-. Ella es mi hermana. Alessia está en la mansión esperándote, creyendo que estás en una reunión de la Bratva. Ella es tu esposa...
Nikolai acortó la distancia entre los dos con la elegancia de un depredador acechando a su presa. No se inmutó por mis palabras, ni mostró un solo rastro de arrepentimiento. Se inclinó sobre mí, atrapando mis muñecas con sus manos grandes y tatuadas, grabadas con los símbolos de la mafia rusa. Su calor corporal me envolvió, y su perfume caro mezclado con tabaco me m
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