En un mundo en el que las apariencias y el dinero pesan más que cualquier otra cosa, ¿se puede siquiera apreciar lo bonito de la vida? ¿Existe, acaso, un momento del día en el que solo importen las manchas de pintura sobre mis manos?
Es silencioso el vacío de una vida construida sobre prejuicios, opiniones y apariencias. Poco a poco me hundo en ella, en un lugar donde solo pesa el poder de un apellido y el dinero que este me provee, mientras todo aquello que siente el corazón queda relegado a un segundo plano.
El dinero no compra la felicidad, y lo digo desde el privilegio y la comodidad; una comodidad tan asfixiante como añorada.
Solo quien lo vive puede entenderlo, ¿no?
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