Demasiado cerca para llamarlo "amistad"
Oikawa Tooru e Iwaizumi Hajime han sido amigos durante años.
Una amistad construida sobre la costumbre, la confianza absoluta y la certeza de que el otro siempre estará ahí. Han compartido rutinas, derrotas, risas, silencios incómodos y una cercanía que nunca necesitó explicación... hasta que empezó a necesitarla.
Todo cambia de forma gradual, casi imperceptible.
No hay una confesión inicial ni una decisión consciente de cruzar la línea. Solo momentos que se estiran demasiado, miradas que duran más de lo debido, contacto que deja de sentirse inocente. La curiosidad gana terreno, y cuando quieren darse cuenta, ya es tarde para fingir que no pasó nada.
Primero se dicen que fue un error.
Luego, que no significa nada.
Después, que pueden manejarlo.
Se convierten en algo indefinido: no son pareja, pero tampoco solo amigos. Comparten intimidad, noches que no deberían repetirse, palabras que no se dicen en voz alta. Evitan ponerle nombre a lo que hacen porque nombrarlo lo vuelve real, y lo real implica decisiones que ninguno está dispuesto a tomar.
La relación se vuelve un campo minado de contradicciones.
Celos que no deberían existir.
Silencios que pesan más que las discusiones.
Preguntas que siempre quedan sin respuesta: ¿qué somos?, ¿desde cuándo esto dejó de ser una broma?, ¿por qué duele tanto si se supone que no importa?
Oikawa se refugia en la negación, en su sonrisa fácil y en la idea de que todo es controlable mientras no se hable de sentimientos.
Iwaizumi, en cambio, empieza a notar las grietas: cómo se rompen las reglas no escritas de la amistad, cómo cada encuentro deja más confusión que placer, cómo fingir que no siente nada se vuelve cada vez más insostenible.
Porque a veces, lo más peligroso no es cruzar la línea.
Es quedarse ahí, fingiendo que no existe.