Ben es un contable brillante, obsesionado con el orden y el control absoluto. Su vida funciona como una hoja de cálculo perfecta: horarios exactos, emociones bajo llave y una rutina tan rígida que nadie logra atravesarla. A sus treinta años, ha aprendido que mantener las distancias es la única forma de sobrevivir al caos.
Hasta que entra en aquella pequeña cafetería.
Noah es todo lo que Ben detesta: un camarero descarado, estudiante de medicina, impulsivo y peligrosamente encantador. Tiene una sonrisa insolente, una paciencia selectiva y el irritante talento de desarmar a cualquiera con unas pocas palabras. Su primer encuentro termina con una absurda discusión por un té helado mal servido, pero lo que debería haber sido un incidente insignificante se convierte rápidamente en una obsesión silenciosa.
Desde entonces, Ben regresa cada tarde a las seis en punto. Siempre a la misma hora. Siempre con pedidos ridículamente específicos. Siempre quedándose hasta el último segundo antes del cierre solo para tensar la paciencia de Noah. Pero Noah se niega a darle la reacción que busca. Con Ben es frío, mecánico e insoportablemente indiferente; con el resto del mundo, cálido y luminoso. Y esa diferencia empieza a consumirlo.
Mientras el invierno cubre la ciudad de lluvia, noches interminables y calles empapadas de neón, la cafetería se transforma en el escenario de una guerra silenciosa hecha de miradas afiladas, conversaciones cargadas de doble sentido y silencios que pesan demasiado. Entre cafés con leche de avena, provocaciones constantes y emociones que ninguno de los dos sabe manejar, la línea entre el fastidio y el deseo comienza a romperse.
Porque algunas personas llegan a tu vida para desordenarlo todo.
Y Noah parece decidido a convertirse en el único error que Ben no puede corregir.
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