En el mundo de piedra, la mayoría se conforma con sobrevivir; Ritsu, en cambio, exige control absoluto. Estaba en la rama más alta de un cedro centenario, con el cuerpo tenso y los ojos clavados en el horizonte. Le molestaba el desorden del campamento, las risas ajenas y esa ingenuidad de quienes olvidaban que, en su realidad, un error costaba la existencia.
-Te tomas demasiado en serio lo de "vigilante". Llevas horas ahí arriba -la voz de Ukyo rompió su burbuja. Su hermano mayor lo miraba con una paciencia que a Ritsu le resultaba irritante.
El Omega no respondió de inmediato. Soltó un suspiro cargado de fastidio y bajó su arco con movimientos quirúrgicos. Para él, si algo no tenía un propósito claro, no merecía su tiempo.
-El campamento es un caos -sentenció al fin, con voz grave y cortante-. Si se relajan, terminaremos petrificados de nuevo o muertos. La lógica dicta que alguien debe ver lo que los demás ignoran.
Bajó del árbol con una agilidad inhumana, aterrizando en silencio frente a Ukyo. Ritsu poseía un carácter fuerte que muchos confundían con arrogancia, pero era solo una armadura de racionalidad para ocultar que, en el fondo, sentía demasiado.
-Deja de intentar leerme, Ukyo. No soy un acertijo -soltó antes de pasar de largo.
Al cruzar el campamento, su mirada se cruzó con la de Hyoga. No hicieron falta palabras; un simple intercambio de intensidad bastó. Ritsu era un Omega que no pedía permiso; directo, firme y sin filtros. Sin embargo, mientras se dirigía a su tienda, una punzada de frustración desconocida le recorrió el pecho. Se sentía inquieto, fuera de su propio eje.
Apretó los puños, odiando la sensación de perder el control.
-Día de mierda -masculló, sin imaginar que esa falta de paciencia y ese malestar físico eran solo el preámbulo de una prueba que exigiría cada gramo de su voluntad.
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