Algunas personas llegan a tu vida por casualidad. Otras parecen destinadas a permanecer en ella para siempre.
Cuando Michael Jackson se mudó a Encino junto a su familia, jamás imaginó que la niña de ojos caramelo que conoció durante una visita de bienvenida se convertiría en la persona más importante de su infancia. Roseanne Laurent era inteligente, obstinada y soñaba con dedicarse al ballet profesional; él era un niño talentoso cuya vida comenzaba a cambiar a causa de la fama.
A pesar de sus diferencias, una amistad inseparable nació entre ellos. Los años pasaron entre tardes compartidas, confidencias y sueños de juventud, hasta que la amistad se transformó en el primer amor de ambos. Un amor inocente, intenso y complicado por las crecientes responsabilidades de Michael y los constantes compromisos que exigía su carrera.
Sin embargo, el destino tenía otros planes.
Mientras Michael se encontraba de gira con sus hermanos, el matrimonio Laurent llegó a su fin. En medio del divorcio de sus padres, Roseanne se vio obligada a abandonar Encino y dejar atrás todo lo que conocía, incluido el muchacho al que amaba. Sin oportunidad de despedirse, solo pudo dejar una carta en manos de Katherine Jackson, con la esperanza de que algún día llegara a él.
Cuando Michael regresó a casa, Roseanne ya se había marchado.
Los años siguieron su curso. Los sueños cambiaron, las heridas cicatrizaron y los recuerdos quedaron guardados en algún rincón del corazón.
Hasta que una coincidencia inesperada volvió a cruzar sus caminos.
Durante unas vacaciones, Edward Laurent se encontró por casualidad con Joseph Jackson en un restaurante. La conversación derivó en una cordial invitación para asistir al concierto de clausura de la gira de The Jacksons.
Lo que ninguno de los dos sabía era que aquella noche no solo marcaría el final de una gira.
También sería el comienzo de una segunda oportunidad.
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