Alexia Vega, una chica de 16 años, habita en la ciudad ártica de Longyearbyen, ubicada en las islas Svalbard (Noruega). Un lugar remoto donde los vientos y la oscuridad eterna del invierno -la noche polar- se entrelazan, creando un paisaje que a simple vista parecería sacado de otro mundo.
Las auroras boreales son el fenómeno principal que envuelve la estancia y la vida de los residentes, y el escape de Alexia, víctima de las estrictas reglas de su madre, quien la ha mantenido aislada del mundo, prisionera en su propio hogar.
Un día, decide burlar las reglas y explorar todo lo que le ha sido prohibido. Como consecuencia, es acosada por una extraña voz que la hace replantearse su situación, creando incertidumbre y generando más preguntas que respuestas.
Como siempre, la curiosidad -ese instinto primitivo que tenemos todos los seres humanos- acaba ganando. Es inevitable. Pero a veces hay misterios que es mejor no resolver. Hay cosas que es mejor no saber. Porque la información es poder, y el poder siempre tiene un precio.
Un precio que destruyó su realidad. La dejó sola, sin identidad, cada vez más confundida y sin respuestas. Sin embargo, en medio del caos y la oscuridad, cruzará miradas y encontrará manos que la sujetarán cuando quiera caer. Personas que, sin saberlo, se volverán tan importantes como el aire que respira. Una de ellas, en particular, hará que su corazón se acelere por razones que aún no entiende.
Pero nada de eso importará si antes no descubre la verdad.
Preguntándose qué hubiera sido mejor:
¿Seguir viviendo en aparente tranquilidad, pero en total ignorancia?
¿O aceptar que los eventos que desencadenó su insistencia fueron necesarios para encontrar su verdadera identidad?
Porque, a pesar de todo el sufrimiento, había dejado de vivir en una mentira. Y gracias a ello, podía vengarse de todos los que le hicieron daño. Los aplastaría hasta que no quedara ninguno de ellos.
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