A veces me quedo quieta mirándola. Miro sus manos pequeñas, la forma en que sonríe sin un solo rastro de malicia, la ligereza de sus pasos cuando juega por la casa. Tiene apenas tres años y es el vivo retrato de la inocencia. Al verla, un nudo se me planta en la garganta, pero no es de tristeza; es de un orgullo que casi no me cabe en el pecho. Estoy criándola para que sea feliz, asegurándome de darle, con cada abrazo, la infancia que yo nunca tuve.
Porque dentro de mí, detrás de la mujer y la madre que soy hoy, todavía viven tres personas que reclaman ser escuchadas.
Vive la niña que creció al cuidado de su tía, intentando entender desde la distancia por qué su propia madre no podía cuidarla. La niña que se rompía la cabeza buscando un porqué, al ver que mamá no era igual con ella que cuando había un niño varón, lidiando con ese rechazo silencioso mientras la sombra de una esquizofrenia y una epilepsia lo cambiaban todo.
Vive también la adolescente herida, la que conoció el miedo cuando la tocaron sin su consentimiento, invadiendo su espacio, y la que encontró en los cortes en su propia piel la única forma de gritar el dolor que llevaba dentro. Y, por supuesto, vive la joven de 18 años que miró la pantalla de un ultrasonido, viendo la primera imagen de su bebé, temblando de miedo ante el futuro pero sintiendo el inicio de un amor que lo transformaría todo.
Durante mucho tiempo pensé que el dolor era mi único destino. Pero hoy sé que todo pasa por algo. Cada tormenta, cada lágrima y cada cicatriz en el cuerpo y en el alma me trajeron hasta este instante exacto.
Escribo esto para sanar a mi niña interior. Escribo esto por mi hija, el motor de mis días. Pero, sobre todo, escribo esto por la niña que no fui, para demostrarle que, al final del camino, logramos salvarnos.
Bienvenido a mi historia
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