Mi nombre no me lo dio mi padre. Eso ya lo sabía antes de saber que los padres debían dar nombres. Mi nombre me lo dio el silencio, el vacío donde debía haber estado una voz que dijera "tú eres esto, tú vienes de aquí".
Ruah. Lo elegí yo, mucho después, cuando comprendí que necesitaba algo que me perteneciera de verdad, algo que no me hubieran quitado antes de dármelo.
Ruah significa aliento, espíritu, viento.
En el hebreo antiguo es la palabra que usaban para hablar de la fuerza invisible que mueve lo visible. Es el soplo que Dios insufló en el polvo para hacer al primer hombre.
Es también el viento que se cuela por las rendijas de los ranchos y hace temblar el zinc en las noches de invierno.
Es el aliento corto de mi madre cuando caminaba embarazada bajo el sol de Caracas.
Es el vacío que dejó mi padre cuando cerró la puerta y no volvió.
Este libro no es una venganza. Tampoco es un perdón.
Es simplemente lo que pasa cuando el cuerpo ya no puede cargar solo con tanto recuerdo, cuando la memoria pesa más que los huesos y necesita salir, necesita ser testigo, necesita que alguien -aunque sea solo una página- diga: esto pasó, esto fue real, esto duele.
Yo soy Ruah. Y esta es la historia de cómo el abandono me hizo, me deshizo, y de alguna manera que todavía no entiendo del todo, me dejó aquí, escribiendo.
All Rights Reserved