La noche tiene una forma particular de deshacer todo aquello que durante el día parecía soportable. Cuando el mundo se apaga y el silencio comienza a ocupar cada rincón, la mente despierta para recordar aquello que tanto esfuerzo costó esconder. Los pensamientos se vuelven más pesados, las heridas vuelven a abrirse en silencio y los recuerdos regresan con una crueldad que solo pertenece a la madrugada.
Hay sombras que no viven en las paredes, sino dentro del pecho. Monstruos invisibles que se alimentan del insomnio, del miedo, de la ansiedad que aprieta la garganta y de esa tristeza que se instala lentamente hasta sentirse parte del propio cuerpo. Crecen entre susurros, entre latidos acelerados, entre lágrimas que nadie ve caer. Se esconden detrás de cada pensamiento repetitivo, detrás de cada vacío imposible de nombrar, detrás de cada intento fallido de encontrar descanso.
La oscuridad no siempre está afuera. A veces habita dentro de uno mismo, esperando el momento exacto para extenderse. Y entonces llega la madrugada: ese lugar donde el tiempo parece detenerse, donde dormir se vuelve un privilegio ajeno y respirar, por momentos, parece demasiado esfuerzo. Todo se vuelve más profundo: el miedo, la melancolía, el cansancio, la sensación de estar cayendo lentamente dentro de un abismo que nadie más puede ver.
Existen noches en las que cerrar los ojos significa enfrentarse a aquello que durante el día logramos ignorar. Pensamientos que desgarran, memorias que persiguen, cicatrices que aún saben sangrar. Los monstruos no siempre tienen rostro; a veces son recuerdos, a veces son dudas, a veces son simplemente nosotros mismos mirándonos demasiado de cerca.
Y mientras el mundo duerme, algunos solo aprenden a sobrevivir entre sombras... esperando que el amanecer sea suficiente para silenciar, aunque sea por un instante, todo aquello que la noche decidió despertar.
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