Dicen los poetas orientales que las personas destinadas a encontrarse están atadas por un hilo rojo invisible que el destino amarra al dedo meñique. Dicen que ese hilo puede estirarse, enredarse, tensarse hasta casi cortar la circulación del alma, pero que nunca, bajo ninguna circunstancia, llega a romperse.
Sin embargo, en los pasillos de mármol gris y luces halógenas de la industria del K-pop, los hilos no son rojos. Son contratos de confidencialidad escaneados en tinta negra, agendas milimétricas que prohíben el cansancio y miradas clandestinas que se desvían tres segundos de más durante una sesión de fotos. En ese universo de plástico y aplausos programados, amar a la persona correcta en el momento equivocado es un lujo que se paga con el aislamiento.
Para Im Nayeon, el invierno de su vida no comenzó con el impacto del metal sobre el asfalto mojado de la avenida Mapo. Comenzó mucho antes, una noche de ventisca blanca en las calles de Sapporo, donde dos alianzas de plata pura talladas a mano sellaron una promesa silenciosa. Una promesa que desafiaba a los directivos, a las suspensiones y al miedo al juicio público.
Un pacto que decía: «Si el mundo nos obliga a escondernos, nos esconderemos juntas».
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