Las madres de Héctor y Elara se conocieron cuando aún llevaban mochilas llenas de cuadernos y sueños de primaria. Desde entonces, su amistad fue creciendo con ellas, acompañándolas en cada etapa, hasta llegar al instituto, donde conocieron a quienes acabarían siendo sus maridos. Los cuatro formaron un grupo inseparable, de esos que parecen destinados a permanecer unidos pase lo que pase. Y así fue: los años pasaron, pero la unión nunca se rompió.
Cuando las dos parejas decidieron comprar casas una al lado de la otra, no lo hicieron por casualidad. Querían compartir la vida, los días buenos, los malos, las celebraciones y los silencios. Querían que sus futuros hijos crecieran juntos, como una sola familia. Y el destino, caprichoso como siempre, pareció escucharles.
Ambas se quedaron embarazadas casi al mismo tiempo. Y desde el primer instante, antes incluso de saber si serían niños o niñas, ya tenían una certeza grabada en el corazón: esos pequeños iban a ser inseparables. Iban a crecer juntos, a aprender juntos, a descubrir el mundo de la mano. Y, aunque ninguna lo dijo en voz alta, ambas fantasearon con la misma idea: ¿y si algún día... se enamoraban?
Cuando supieron que Elena e Iván esperaban una niña, y que Sara y Luis tendrían un niño, la posibilidad dejó de ser un simple pensamiento fugaz. Se convirtió en un deseo silencioso, en un sueño compartido que nunca se atrevieron a confesar del todo.
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