Ocho años.
Ese era el tiempo que Ana y Peter llevaban juntos, un lapso que para algunos parecía una eternidad y para otros, apenas el comienzo de algo sólido. Habían sobrevivido tormentas, risas, promesas rotas y reconstruidas, y una montaña rusa de emociones que los había dejado exhaustos.
Las peleas eran cada vez más frecuentes, las reconciliaciones más silenciosas, y uno parecia estar más cansado que otro.
Pero el amor, a veces, se cansa de ser estable o al menos cuando uno ama por los dos.
Aquella noche no fue diferente a otras tantas.
Una discusión que comenzó, como siempre escaló rápidamente hasta convertirse en un huracán. Palabras hirientes, reproches acumulados durante años y el cansancio emocional hicieron el resto. Peter, con la respiración agitada y la mirada nublada por la rabia, agarró su chaqueta, las llaves y salió dando un portazo que retumbó en toda la casa.
No sabía adónde ir.
No tenía plan.
Solo necesitaba alejarse.
Fue entonces cuando el destino, caprichoso e implacable, decidió intervenir, con alguien que los separaría.
Ninguno de los dos lo sabía aún, pero ese encuentro casual marcaría el comienzo del verdadero caos.
Porque a veces, cuando creemos que estamos perdidos, el camino que el destino nos pone delante puede ser horrible para algunos y bello para otros...
Porque los caminos son extraños.
Los caminos tanto cómo el mismo destino son impredecibles. Algunos comienzan llenos de luz y terminan en oscuridad. Otros nacen entre tormentas y acaban bajo cielos despejados. Porque no es el inicio lo que define un camino, sino el lugar al que finalmente te lleva.
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