Nunca fui del tipo de persona que se mete donde no la llaman. Nunca busqué ser la protagonista de una historia que no era mía. Pero a veces, cuando el mundo que conoces empieza a desmoronarse, te aferras a lo que sea para sentirte viva otra vez. Aunque eso "lo que sea" termine arrastrándote al lugar más jodido de todos. Los Collins llegaron en silencio, como si no quisieran que nadie los notara. Pero todo en ellos gritaba míranos. No sé si fue el contraste entre su elegancia y su frialdad, o esa forma en que parecían moverse con una seguridad que no encajaba en un pueblo tan aburrido como el nuestro. Yo estaba acostumbrada a lo simple. A las rutinas. A los días que se parecen demasiado entre sí. Pero ellos eran otra cosa. Como una grieta en medio de una pared perfectamente pintada. Y yo no pude dejar de mirar. No fue algo inmediato. No hubo un "momento clave" en el que todo cambió. Fue progresivo. Como cuando estás dentro de una habitación con humo, y no te das cuenta de que no puedes respirar hasta que ya es tarde. Primero fue curiosidad. Después fue atracción. Y luego... ya no tenía escapatoria. Estar cerca de ellos no era como estar con gente normal. Era como entrar en una casa sin ventanas. Sabías que no ibas a ver la salida, pero igual seguías avanzando. Y sí, esta historia tiene amor. Pero no el que esperas. No el de las películas. Esta historia tiene mentiras, fuego, secretos, sangre. Y una chica que pensó que podía mirar sin tocar... pero terminó perdiéndolo todo, incluso a sí misma.
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