El salón del trono estaba impregnado del aroma a incienso y plata de Rhaegar, un olor que, para Ned, se había vuelto sinónimo de soledad. El Rey no lo miraba mientras hablaba de profecías y deberes; lo miraba como se mira a una pieza de ajedrez bien tallada. Pero a pocos pasos, en la penumbra de una columna, el aroma a acero y tormenta de Robert Baratheon golpeaba los sentidos de Ned con una intensidad insoportable. Robert no decía nada, pero su mandíbula estaba tensa, y sus ojos -esos ojos que conocían cada grieta del alma de Ned- le gritaban una verdad que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar: que ahí, en la frialdad de ese salón, el hombre que debía protegerlo era el único que lo estaba destruyendo.
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