Quizá fue por tener una familia disfuncional o, simplemente, porque tuve mala suerte.
Siempre usaba esa excusa de mierda de que mi padre era un alcohólico para poder escaparme de clase.
Aunque luego llegaba a casa y los profesores ya habían llamado a mi padre, por lo que siempre había consecuencias:
el cinturón de cuero negro del hombre que me crió me esperaba cada día. Y, cada noche, me iba a la cama con el cuerpo destrozado por la paliza, pensando lo mismo:
«¿Qué narices hice mal para merecerme esto?».
Nunca elegí nacer, fui un descuido. Poco después de dar a luz, mi madre se largó y me dejó con él.
Siempre pienso que esta vida de mierda es el karma de mi anterior vida; seguramente fui un dictador o algo por el estilo, y ahora me toca pagar el castigo.
Todos los días me repetía eso hasta... hasta aquel verano.
Cuando lo conocí a él, sentí por primera vez en toda mi vida que no era un error.
No podía quitarme de la cabeza cómo se le cerraban los ojos cada vez que sonreía al verme, cómo se ponía rojo hasta las orejas cuando me acercaba de más, o cada vez que nuestras manos se rozaban por «error», aunque sabía perfectamente que no era así.
Y creo... creo que eso fue lo que me salvó y me destrozó al mismo tiempo.
All Rights Reserved