El Olimpo temblaba, y esta vez no era por los rayos de Zeus, sino por los gritos en el palacio de la discordia doméstica. Love y Lira, ambas hijas de Apolo, compartían la gracia divina, la belleza cegadora y, desafortunadamente para ellas, un destino sellado por los matrimonios arreglados. Dos alianzas se habían firmado con sangre y oro para asegurar la paz entre los reinos: una con la implacable casa de Ares, dios de la guerra, y la otra con la lúgubre corte de Hades. El problema era simple, pero catastrófico: ninguna de las dos estaba dispuesta a terminar en el reino de los muertos. La gran diferencia radicaba en sus pretendientes. Por un lado estaba el hijo de Ares: un semidiós de presencia imponente, ojos de fuego y una armadura de oro que reflejaba la gloria de la batalla. Todo el Olimpo lo conocía. Pero por el otro lado... estaba la heredera de Hades: Milk. Sobre Milk se decía que pasaba la misma maldición ancestral que sobre su padre; su divinidad estaba tan atada a la tierra de los muertos que "no podía" cruzar las puertas del Inframundo sin marchitarse. Nadie en el Olimpo la había visto jamás. Su existencia era un secreto, un mito susurrado de una entidad pálida, fría y solitaria que gobernaba a los espectros en el anonimato total. Casarse con ella significaba descender a ciegas hacia una oscuridad eterna con una desconocida.
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