Antes de que existieran los nombres, antes de que los hombres levantaran ciudades y templos, algo despertó en los lugares olvidados del mundo.
En los bosques donde la luna se pudre entre las ramas. En los pozos que devuelven voces imposibles. En las costas donde el mar guarda a sus muertos. En jardines donde florecen recuerdos que deberían haber sido enterrados.
Allí nacieron las Criaturas.
No son dioses ni demonios. No son fantasmas ni bestias.
Son heridas.
Heridas antiguas que aprendieron a caminar.
Cada una surgió de una emoción abandonada: una madre consumida por el dolor, un niño olvidado por el cielo, una novia devorada por la espera, una viuda que aprendió a conversar con el vacío. Con el paso de los siglos se transformaron en leyendas, canciones de cuna prohibidas y advertencias susurradas junto al fuego.
Algunos las llaman espíritus.
Otros las llaman santos oscuros.
Los más viejos simplemente bajan la voz cuando escuchan sus nombres.
Cada poema narra la existencia de una de estas entidades y los lugares malditos que habitan. Cada verso es una ventana hacia un mundo donde la belleza y el horror florecen juntos, donde los bosques recuerdan, las flores lloran y la noche escucha.
Pero existe una verdad que une todas las historias.
Algo las creó.
Una presencia más antigua que las montañas, más profunda que el mar y más hambrienta que la muerte.
Una Madre.
La fuente de todas las criaturas.
La raíz enterrada bajo cada leyenda.
Y mientras los hombres duermen, sus hijos continúan creciendo en la oscuridad.
Porque hay historias que fueron escritas para ser leídas.
Y otras...
que fueron escritas para encontrarte.
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