Dicen que los lobos eligen a una sola pareja para toda la vida.
Comparten la comida, buscan constantemente la cercanía del otro y se cuidan mutuamente. Se rozan, se acicalan y permanecen juntos incluso cuando el camino se vuelve difícil. Si uno se queda atrás, el otro reduce el paso; si uno sufre, el otro permanece a su lado.
Volg siempre había encontrado algo hermoso en esa clase de devoción. Y quizás por eso había decidido quedarse a lado de Ippo.
Porque cada vez que veía una porción más grande en su plato, quería ofrecérsela. Porque las pequeñas victorias parecían más importantes cuando podía compartirlas con él. Porque su mirada siempre terminaba buscándolo entre la multitud, como si encontrarlo le permitiera respirar con más facilidad.
Para Volg, Ippo era mucho más que un rival o un amigo querido. Era la calidez que esperaba al final de los días difíciles, la sonrisa que hacía que todo pareciera un poco más sencillo.
Y mientras observaba el leve rubor en sus mejillas, recordando cómo había aceptado aquel bocado de sus manos, una verdad silenciosa terminó de acomodarse en su corazón.
Si los lobos elegían a su compañero para toda la vida, entonces Volg ya había encontrado al suyo.
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