A ver, os pongo en situación. Imaginad que tenéis vuestra vida organizada, vuestros proyectos, vuestra carrera y, de repente, vuestros padres deciden que volvemos a la Edad Media. Sí, habéis oído bien. Resulta que la empresa familiar está a punto de irse a pique y la única solución que se les ocurre a los cerebritos de mis padres y a sus socios es una "fusión corporativa" a la antigua usanza: un matrimonio concertado.
¿Y quién es el afortunado? Pues ni más ni menos que Pedro González, "Pedri". Sí, el Golden Boy, el futbolista que media España idolatra pero que a mí me cae como una patada en el estómago. El chaval tiene la expresividad de una patata cocida y unas ínfulas de salvador que no puedo con ellas. Nos odiamos. Pero odiar por todo lo alto, de mirarnos y saltar chispas de pura rabia.
Pero esperad, que la cosa mejora. El maldito contrato de los inversores no solo dice que tenemos que casarnos en régimen de separación de bienes y mudarnos juntos a Barcelona a disimular delante de los paparazzis. No, no. Hay una cláusula obligatoria, una letra pequeña que me revuelve el estómago cada vez que la leo: para que el fondo de inversión libere la pasta, tenemos que tener un hijo biológico en un plazo máximo de tres años. Y nada de clínicas de fertilidad por la vía rápida; tiene que ser "por el método tradicional" para que cuele ante las auditorías.
Así que aquí me veis. Atada por un papel a un canario insoportable que se lesiona con mirarlo, compartiendo techo, desayunos y pullas diarias, mientras intentamos descifrar cómo demonios vamos a cumplir la maldita cláusula del bebé sin matarnos en el intento.
Bienvenidos a mi boda. Que empiece la guerra.
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