Ella se enamoró de él a primera vista: esa mirada que, sin palabras, marcó el inicio de una historia que tardaría años en mostrar su verdadera forma. La certeza de que algo verdadero había nacido en ese instante y, aun así, aceptó la comodidad de su lugar junto a él.
Cuatro años más tarde la vida los volvió a acercar, eran uno solo, compartían risas, secretos y tardes que se estiraban sin esfuerzo; ya no eran extraños sino cómplices de pequeñas rutinas, silencios compartidos y conversaciones que no necesitaban remate. Todo dentro del contorno seguro de la amistad, donde los gestos más íntimos no se atrevían a cruzar la línea.
Al principio, él sólo sentía atracción y gusto por su compañía; con el tiempo la curiosidad se volvió ternura y la ternura en necesidad, hasta que cayó por ella por completo. Convencido de que Darla lo veía sólo como amigo, guardó su anhelo en silencio.
Después de cinco años de conocerse la conexión entre ellos seguía siendo palpable, algo que trascendía lo físico y rozaba lo eterno. Ambos eligieron la cercanía sin nombre, el refugio de la rutina, y en esa elección postergaron la pregunta que podía cambiarlo todo.
Su imán mutuo era tan evidente que no hacía falta tocarse para saber que estaban presentes; se sentían, se reconocían a distancia, y entonces comenzaba la búsqueda silenciosa hasta cruzar miradas y quedar lo suficiente cerca como para comprender que no era casualidad. Simplemente se buscaban uno al otro. Al final, ella -que había amado desde la primera vez- y él -que se fue enamorando hasta no poder negarlo- se encontraron en la misma orilla.
¿Puede un amor durar tanto tiempo sin ser correspondido, y puede este volverse mutuo?
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