El silencio no es la ausencia de sonido; es la presencia de una mente que tiene el control absoluto. Para una escritora que vive de ordenar el caos del mundo en oraciones perfectamente estructuradas, el silencio es la única moneda de cambio que garantiza la cordura. En el piso cuatro de aquel exclusivo y monótono complejo residencial en Seúl, el silencio era el imperio privado de una mente analítica, fría y reservada. Todo estaba fríamente calculado: las horas frente a la pantalla, la taza de café a la temperatura exacta y las palabras fluyendo con la precisión de un reloj suizo.
Hasta que el piso de arriba cobró vida.
El arte, cuando es salvaje, no entiende de propiedad privada, de horarios de oficina ni de contratos editoriales. El arte que se escribe con el cuerpo es ruidoso, exige atención, rompe las estructuras y hace vibrar los techos a las cinco de la tarde. Es el sudor que corre tras el esfuerzo, la música que retumba en el pecho y el ritmo que no pide permiso para desordenar todo.
La desesperación creativa se encuentra con la provocación absoluta, las reglas de la convivencia se rompen para dar paso a un contrato sexual. No hay sentimientos en juego, o eso dice el libreto. Solo hay una necesidad biológica, llegar al orgasmo obliga a Jennie a tener más ideas y cada encuentro con Lisa lo vuelve un capítulo interminable de deseo y lujuria.
Bienvenido a un juego donde hacerse la difícil es la única estrategia de supervivencia, donde los gemidos se camuflan como ruidos de tormenta y donde cada página escrita es el reflejo exacto de un incendio que ninguna de las dos sabe cómo apagar.
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