Capítulo: Lo que se dice cuando ya no cabe todo dentro
Aquella noche, el teléfono no era solo un teléfono. Era una habitación entera donde dos personas intentaban hablar sin estar del todo presentes, como si cada mensaje llegara desde una distancia distinta: no solo física, sino emocional.
Mar había empezado con algo simple, casi cotidiano, pero detrás de la pantalla ya se notaba el peso de lo que llevaba tiempo acumulándose. No era un enfado concreto. Era cansancio. De ese que no se nota al principio, pero que va cambiando la forma en la que miras todo lo demás.
"Creo que voy a dejar a mi novio", había escrito antes. Y luego, como si esa frase no terminara de ser del todo suya, la había rodeado de explicaciones, dudas, intentos de entender en qué momento las cosas habían empezado a sentirse demasiado pesadas.
Hablaba de la casa de él como un lugar donde estaba, pero no terminaba de pertenecer. De pequeñas incomodidades que no eran pequeñas cuando se sumaban: la ropa, los silencios, las frases que le recordaban que aquello no era su espacio. Y de algo más difícil de explicar: la sensación de estar agradecida por cosas que en otro contexto no necesitaría agradecer.
Mientras ella intentaba ordenar su mundo interno, él aparecía en los mensajes como una mezcla de distancia y necesidad. Un día sin hablar, un "no quiero hablar", y luego otra vez cercanía, cariño, un "te quiero" que llegaba como si intentara cerrar una herida sin haberla mirado del todo.
Pero la herida no estaba en un solo sitio.
Estaba en la privacidad.
En lo que se cuenta y lo que no.
En lo que uno siente que es suyo... y lo que el otro siente que le pertenece.
-No deberías haberle contado eso a tu familia -decía él-. Es privado.
Y en su frase no solo había enfado. Había una necesidad de control del dolor, como si mantenerlo cerrado lo hiciera más seguro.
Pero para Mar, el dolor no funcionaba así.
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