El Emperador de la Humanidad junto a la Emperatriz, su compañera, consejera y gobernante. Unidos por un mismo propósito, guiaron a la especie humana a través de las estrellas, fundando el Reino de la Humanidad.
Durante siglos, la Gran Cruzada avanzó sin detenerse. Mundo tras mundo fue reunificado bajo el estandarte imperial. Las antiguas guerras terminaron, las rutas estelares fueron abiertas y la Humanidad prosperó como nunca antes.
Sin embargo, en los rincones más lejanos de la galaxia, antiguas razas observaban con preocupación el crecimiento humano. Imperios ancestrales, civilizaciones milenarias y poderosos seres de otras dimensiones comenzaron a ver a la Humanidad como una amenaza para su dominio.
Finalmente, una poderosa raza procedente de otra dimensión abrió portales entre realidades y lanzó una invasión contra los mundos humanos.
Ante aquella amenaza, el Emperador y la Emperatriz tomaron una decisión que cambiaría la historia para siempre.
Utilizando los mayores conocimientos de la ciencia imperial y el poder de su voluntad, crearon una nueva orden de guerreros sagrados. Hombres y mujeres escogidos entre los más valientes, transformados para convertirse en los protectores de la especie humana.
Así nació la Santa Cruzada. Su misión era simple y eterna: Proteger a la Humanidad. Destruir a sus enemigos. Expandir la luz del Imperio.
Sus guerreros marcharon a la guerra portando armaduras bendecidas y espadas sagradas.
Durante generaciones, la Santa Cruzada luchó en incontables campos de batalla, convirtiéndose en el escudo y la espada del Reino de la Humanidad.
Y entre los miles de héroes que sirvieron bajo sus estandartes, dos nombres estaban destinados a trascender la historia.
Un joven Templario Negro cuya fe y valor lo convertirían algún día en el legendario Paladín del Emperador. Y una Hermana de Batalla cuya pureza y devoción la elevarían hasta convertirse en una venerada Santa en Vida.
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