Para los científicos, el sujeto John era solo un experimento: el arma perfecta, un Dios sin emociones. Pero en la celda contigua, aislada por el mismo cristal reforzado, se encontraba Elizabeth.
Ella no era un arma de destrucción; ella era luz en estado puro, un espécimen con poderes angelicales capaz de irradiar una paz que desafiaba la crueldad del laboratorio.En un entorno diseñado para corromperlos, John y Elizabeth encontraron la única anomalía que Vought no pudo controlar: el uno al otro.
A través de los cristales y las noches de tortura psicológica, se convirtieron en el secreto mejor guardado del subsuelo. Elizabeth se transformó en la única piel que John anhelaba tocar, la única voz que lograba acallar el zumbido de su superoído y el único refugio para su mente rota.
De esa soledad compartida nació algo mucho más peligroso que el Compuesto V: una devoción ciega, obsesiva y violenta por parte de John.Para el resto del mundo, él se convertiría en Homelander, el héroe nacional.
Pero para Elizabeth, él siempre sería John: el monstruo que es capaz de quemar el planeta entero con su mirada térmica, solo para asegurarse de que nadie opaque las alas de su ángel. Porque Homelander no cree en Dios, pero arrodillarse ante Elizabeth es su única religión.
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