Años atrás, una infección arrasó con la civilización y transformó el planeta en un lugar irreconocible. Gobiernos enteros colapsaron, ciudades quedaron abandonadas y millones de personas desaparecieron en cuestión de meses. Lo que alguna vez fueron países conectados por carreteras, comercio y comunicación, hoy son extensiones de ruinas donde la ley, el orden y la seguridad han dejado de existir.
Los supervivientes viven dispersos, escondidos entre asentamientos improvisados, pequeñas comunidades amuralladas o refugios aislados que apenas logran resistir el paso del tiempo. Cada día es una lucha constante por conseguir comida, medicinas y munición.
Cada viaje puede convertirse en una sentencia de muerte, y cada decisión equivocada puede condenar a quienes todavía siguen con vida.
Pero los infectados ya no son lo que eran al principio.
Con el paso de los años han cambiado, han aprendido, se han vuelto más peligrosos, más impredecibles y mucho más difíciles de comprender. Lo que comenzó como una tragedia se está convirtiendo en algo todavía peor, algo capaz de amenazar incluso a quienes lograron sobrevivir al fin del mundo.
Mientras la humanidad intenta aferrarse a los últimos restos de esperanza, las viejas certezas desaparecen una tras otra, los refugios caen, las rutas dejan de ser seguras y el futuro se vuelve cada vez más incierto. En un mundo gobernado por el miedo, la pérdida y la supervivencia, las personas se ven obligadas a descubrir hasta dónde están dispuestas a llegar para seguir adelante.
Porque el apocalipsis no terminó cuando cayó la civilización.
El verdadero horror comenzó después.
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