dicen que las palabras duelen mucho más que los golpes. y esa noche, nos habíamos encargado de destrozarnos mutuamente.
el pecho de namjoon subía y bajaba con fuerza. su respiración agitada era el único sonido que se atrevía a romper el silencio asfixiante que se había instalado después de los gritos. tenía el ceño fruncido, el pelo revuelto por haber pasado sus manos llenas de anillos por él una y otra vez por la frustración, y esa mirada... esa mirada oscura y profunda que normalmente me dejaba sin aliento, ahora solo estaba cargada de hielo.
-¿de verdad vas a tirar todo por la borda, heejin ? -su voz, grave y rasposa, sonó como un látigo en la habitación.
tragué el nudo gigante que amenazaba con cerrarme la garganta. clavé las uñas en las palmas de mis manos hasta que dolió. me negaba a llorar frente a él. no esta vez.
-no fui yo la que empezó a soltar la cuerda, namjoon -respondí, y odié que mi voz temblara un poco al final.
la distancia física entre nosotros no era de más de dos metros, pero se sentía como si un abismo entero nos separara. el aire vibraba por la tensión. yo sabía que si daba un paso hacia él, iba a perder la poca dignidad que me quedaba; y él, con su orgullo intacto, tampoco iba a ceder.
esa noche, bajo la luz parpadeante de la lámpara de la sala, algo se rompió definitivamente entre nosotros. lo que no sabíamos en ese momento, era que recoger los pedazos nos iba a arrastrar a un juego mucho más peligroso que una simple pelea.
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