Era suya, completamente suya. Cada cabello, cada hueso, cada gota de su sangre, incluso si él no lo sabía, si la ignoraba, si era indiferente.
Cada uno de sus latidos, respiraciones e ideas le pertenecían. Tenía la certeza de que así era.
Pero en esa certeza se olvidó de que no era más que una elfa sin poderes, la sombra de un rey, un cuerpo podrido por dentro, los restos de una mujer, una creación defectuosa, un ser impuro que no podía ofrecer nada más que destrucción.
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