Kale era un chico como muchos.
Demasiado tímido
Demasiado inseguro
En un estado de bucle permanente que lo devoraba vivo. No, no era una sensación agradable.
Cada día al pisar la escuela, sentía que una parte de su alma moría. Levantarse no representa la oportunidad de algo más para él, sino un lento declive hacia el abismo.
Era duro. Pero aún más porque sentía no merecer explicar sus sentimientos. Recordaba el mundo en el que vivía, y sentía que no tenía el derecho de sentirse herido. De todos modos, a nadie le importa lo que Kale siente o piensa.
Pero Kale sí. Era una habilidad que lo había perseguido desde que era un niño. Cuando sus padres peleaban o llegaban enfadados con la vida y con sus trabajos. Cuando lo miraban al crecer y murmuraban con sus amigos lo decepcionados que estaban del fracaso que criaron.
No, nunca lo golpearon. Hay veces en las que solo pensar que eso pudo pasar lo tranquiliza, porque solo así sus emociones podrían fluctuar en paz.
No era el caso, eso dolía más.
No podía decir que su padre era borracho o su madre una adicta, porque no lo eran. No podía decir que se sentía solo, porque un hermano que lo había acompañado casi toda su vida. No podía decir que alguna vez no vió el tercer plato de comida, porque incluso sobraba.
Pero si podía decir que se sentía solo. Sí podía decir que se sentía perdido, menosprecia a, inútil, y un completo fracaso como ser humano. Sí podía decir que carecía de talento. Sí podía decir que su vida se sentía como un infierno interminable.
No, en la escuela nunca lo golpearon. Los profesores nunca le bajaron algún punto. Aunque si hubiera sido el caso no le habría importado. Bueno, en realidad no, simplemente no habría reclamado.
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