Una vida siguiendo las reglas impuestas por su padre. Una vida digna que le permita ganarse la entrada al cielo, obedeciendo al pie de la letra lo que las Escrituras dictan como lo exacto y verdadero. Sasuke ha llegado a sus veintiún años sin permitirse pensar, dudar o cuestionar lo que realmente quiere.
Un día cualquiera, al regresar de la iglesia, se topa con un camión de mudanza justo enfrente de su casa. Hay un niño riendo y una pareja que, entre sonrisas y besos, mete muebles y cajas mientras se escucha música a todo volumen. Su curiosidad lo obliga a quedarse a mirar más de lo debido, y es ahí cuando lo ve.
Con pantalones holgados, tenis negros, una camiseta oscura pegada a su cuerpo y piercings en la oreja y la ceja, Naruto Uzumaki está ahí, sonriéndole a su familia mientras carga cajas hacia el interior. En ese instante, Sasuke se siente perdido; el pánico lo invade y solo quiere correr a encerrarse en su habitación.
Porque Naruto acaba de mudarse enfrente, y con él, el cielo gris de Sasuke comenzará a tomar color.
-Me han dicho que Dios castiga a los que son pecadores y cometen actos impuros...
-¿Qué hay de pecador e impuro en amarte? Para mí, Dios nos unió y gracias a Él nos encontramos.
-No me confundas más.
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