En los ancestrales salones de la realeza élfica de Alf, un mayordomo se mueve con la gracia de una sombra, sirviendo con una devoción tan impecable como inquietante. Sus ojos, siempre serenos, esconden un pasado cubierto de secretos y tragedias que nadie se atreve a mencionar en voz alta Damamchi: No, me pertenece todo a su respectivo creador
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