La mayoría de las personas creen que sabrán reconocer a un monstruo cuando lo tengan delante; creen que los monstruos gritan, que golpean, que muestran los dientes antes de atacar. Pero los más crueles jamás hacen ninguna de esas cosas; son amables, pacientes, protectores. Te escuchan cuando nadie más lo hace, te ofrecen exactamente aquello que llevas toda la vida necesitando y, cuando finalmente entiendes lo que son, ya es demasiado tarde para escapar.
No voy a decirte qué ocurre en estas páginas, tampoco voy a advertirte quién miente, quién ama o La mayoría de las personas creen que sabrán reconocer a un monstruo cuando lo tengan delante; creen que los monstruos gritan, que golpean, que muestran los dientes antes de atacar. Pero los más crueles jamás hacen ninguna de esas cosas; son amables, pacientes, protectores. Te escuchan cuando nadie más lo hace, te ofrecen exactamente aquello que llevas toda la vida necesitando y, cuando finalmente entiendes lo que son, la puerta ya se habrá cerrado.
No voy a decirte qué ocurre en estas páginas, tampoco voy a advertirte quién miente, quién ama o quién destruye, porque parte del horror consiste precisamente en descubrirlo por tu cuenta. Lo único que puedo decirte es que no confíes demasiado en tus primeras impresiones, ni en los personajes, ni en sus intenciones, ni siquiera en tu propio juicio; porque algunas heridas se parecen al amor y algunas obsesiones se disfrazan de protección.
Así que sigue leyendo.
Entra.
Conoce a los monstruos.
Y cuando descubras cuál de ellos te asusta menos, pregúntate por qué.
Porque el verdadero peligro de esta historia no es enamorarte del monstruo equivocado, sino descubrir que, en el lugar de ella, habrías elegido exactamente al mismo; y para entonces ya será demasiado tarde.
Sigue, si aún quieres saberlo.
Y recuerda este momento cuando llegues al final.
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