La mayoría de la gente cree que podría reconocer a un monstruo en cuanto lo tuviera delante. Piensan que van a notarlo, que va a haber algo en su mirada, en su voz, en la forma de moverse que les va a advertir, que van a verlo venir.
Pero no.
Los que realmente hacen daño no son así. No gritan, no amenazan, no muestran las garras antes de morder, al contrario: son amables, pacientes, te cuidan, te sostienen cuando todo el mundo te ha dado la espalda, y te ofrecen justo eso que llevas años necesitando sin saber ni siquiera cómo pedirlo, y cuando finalmente te das cuenta de lo que son, ya no hay vuelta atrás.
No te voy a contar lo que pasa en estas páginas, no voy a adelantarte quién miente, quién ama de verdad o quién está dispuesto a destruirlo todo, porque el horror de esta historia no está en lo que te cuento, sino en lo que vas descubriendo mientras avanzas, pero lo único que te pido es que no confíes en tus primeras impresiones, ni en los personajes, ni en los que parece que aman, ni siquiera en tu propio instinto. Porque a veces una herida se disfraza de amor, y a veces una obsesión se viste de protección.
Así que sigue leyendo.
Y cuando encuentres a ese personaje que te da menos miedo... pregúntate por qué; porque el verdadero peligro no es enamorarte del hombre equivocado, es descubrir que, si hubieras tenido la oportunidad de elegir, habrías elegido exactamente al mismo.
Sigue, si aún quieres saberlo, y cuando llegues al final, por favor, recuerda este momento.
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