Kirishima Eijirou lo tenía todo: popularidad, un cuerpo de metro ochenta y tres que hacía girar cabezas donde pisaba. Pero nada de eso le provocaba mariposas. Su vida era un bucle aburrido de chicas con cartas rosas, amigos que solo querían su estatus .
Hasta que llegó él.
Bakugo Katsuki era nuevo, malhumorado y tan pequeño que apenas le llegaba a los hombros. Tenía el cabello ceniza, los ojos del color de los rubíes y una carita tan bonita que dolía mirarlo. Parecía sumiso. Parecía un gatito asustado que necesitaba que alguien lo protegiera. Pero cuando abrió la boca y le escupió "¿Qué miras, idiota?", Kirishima sintió algo que jamás había sentido.
Mariposas. Deseo. Y una voz en su cabeza que le susurró: "Es tuyo."
Desde ese instante, Kirishima se convirtió en su sombra. Le llevaba el almuerzo, le prestaba apuntes con notas que decían "tú puedes, rubí", le susurraba al oído solo para ver cómo se le enrojecían las orejas. Porque Kirishima no quería un romance. Kirishima ya había decidido que Bakugo Katsuki le pertenecía.
Pero Bakugo no era sumiso. Era explosivo, filoso, un desafío con patas que se negaba a ser domado. Hasta que un día, en el pasillo vacío, Kirishima lo acorraló contra la pared, enjauló su cuerpo diminuto entre sus brazos enormes y le rozó la oreja con los labios.
-Vas a ser mío, rubí. Solo mío. Y lo sabes desde el primer día.
Bakugo quería golpearlo. Sus nudillos se blanquearon, su mandíbula crujió. Pero no se movió. Porque Kirishima tenía razón. Porque una parte de él, la que se negaba a admitir, ya había caído.
De un chico popular que nunca se había obsesionado con nadie, y de un recién llegado que jamás pensó que alguien pudiera mirarlo como si fuera el centro del universo. paredes frías, susurros al oído y dos pares de ojos rojos destinados a encontrarse.
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