La primera vez que la vi, estaba temblando. Tenía solo cuatro años, el cabello de plata y los ojos llenos de lágrimas por una tierra helada que le habían arrebatado. Yo era el pequeño príncipe de seis años en un palacio gigante lleno de lujos y monstruos disfrazados de mujeres nobles. No me importaron las reglas del imperio; al verla tan asustada, solo quise ser su escudo. La reclamé como mi compañera de juegos para que nadie jamás volviera a lastimarla. Era mi pequeña flor de invierno, mi secreto más dulce. Pero los niños crecen... y los inocentes juegos de las escondidas cambiaron. Hoy, ya no busco solo proteger su sonrisa, sino devorar sus suspiros en la oscuridad de mis aposentos. Se supone que es una simple criada, pero es la dueña absoluta de mi cordura y de mis instintos más salvajes. Cada vez que me mira con esos ojos zafiro o roza mi piel por accidente, me vuelve loco de deseo. El palacio está lleno de veneno y leyes estrictas, pero juro por mi vida que quemaría este imperio hasta las cenizas solo para hacerla mía una noche más.
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