En un instituto público de las afueras de Madrid, Yoonchae Jeung siempre creyó que había conquistado el corazón de Megan Skiendiel. Megan era esa chica de mirada fría, notas impecables y forma de jugar al baloncesto que parecía sacada de una película de sobremesa. Todos decían que Yoonchae se estaba empeñando sola, que ella apenas la soportaba. Pero ella no les hacía caso. Había visto cómo se le encendían las orejas cuando le cogía la mano, cómo entrelazaba los dedos con ella en el cine, cómo se le desordenaba la respiración al besarla. Hasta que un día, Yoonchae empezó a oír sus pensamientos. Palabras secas, feas, dolorosas. Y entonces descubrió que, a veces, lo más peligroso no es que alguien calle, sino creer que por fin has escuchado toda la verdad.
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