¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar por amor? La mayoría respondería que cruzaría océanos. Que desafiaría al mundo. Que esperaría toda una vida. Pero hay amores que no saben detenerse. Amores que no distinguen entre lo correcto y lo imposible. Porque cuando una persona se convierte en el centro de tu universo, el resto del mundo deja de importar. Camille Bowen creía que el amor era paciencia. Era comprensión. Era encontrar a alguien con quien compartir el silencio, las risas y hasta las conversaciones más extrañas sobre química, anatomía y muerte. Nunca imaginó que alguien pudiera amar de otra forma. De una forma que observa. Que espera. Que aprende cada uno de tus hábitos. Que memoriza la forma en que sonríes. Que convierte tu felicidad en una necesidad propia. Y Spencer Reid nunca creyó que estuviera enamorado. Lo llamaba lógica. Instinto. Destino. Porque, en su mente, solo existía una verdad. Camille era la única persona que lo comprendía. La única que hablaba su idioma. La única que hacía que el mundo dejara de ser insoportablemente ruidoso. Y si el amor consiste en proteger aquello que más amas... ¿Dónde está exactamente la línea que separa la devoción de la obsesión? Quizá esa línea nunca existió. Quizá simplemente desaparece... la primera vez que decides que perder a la persona que amas es mucho más aterrador que perder tu propia humanidad.
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