En un imperio donde el agua es el dios más codiciado, la sangre es el único precio para pagarla.
Lucelia es conocida en los suburbios más miserables como "la asesina del velo". A sus veinte años, carga con un secreto deforme en su piel, un aroma dulce a azahar para no volverse loca y un registro de muertes grabado a fuego en sus brazos. Maneja una magia prohibida y letal, pero el coste es devastador: cada vez que desata su poder para vengar a su pueblo y proteger a su familia, su mente se calcina, borrándole un recuerdo precioso. Está dispuesta a olvidarlo todo con tal de que los suyos sobrevivan.
Hasta que comete un error.
Tras dejar la cabeza decapitada de un oficial militar en las puertas de la guardia imperial como advertencia, Lucelia despierta a un monstruo: el General de Akhet. Desesperado por el destino del imperio y por un Torneo ancestral que define quién se queda con el agua por los próximos cincuenta años, el General envía a su mejor sabueso tras ella.
Rubeus. El hijo del General. Un coloso de ojos verdes como un oasis y mente de historiador frustrado, que investiga en las sombras para destruir el legado de su propio padre. Cuando Rubeus atrapa a Lucelia, no la mata; ve en su letal anomalía la llave para abrir los depósitos de agua del imperio. Pero al arrastrarla a la academia militar de élite, el cazador empieza a obsesionarse con su presa, atrapado por el brillo plateado de sus ojos y el olor a vainilla de su piel.
Ella mata para no olvidar. Él investiga para no perdonar.
En un mundo que se muere de sed, el fuego de la venganza y el hielo de la traición están a punto de chocar. Y el desierto... el desierto nunca olvida.
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