Kaylen tiene 17 años y dos vidas.
En la universidad es la chica callada que esconde los brazos con manga larga y que resultó ser buenísima haciendo fotos de cosas rotas. Tiene a Alaya, su mejor amiga, que es puro ruido y color, y a Lucas, su hermano mayor, que cree que la protege solo con existir.
En su casa es otra cosa. Su casa tiene reglas que no están escritas: no hacer ruido, no contestar, no ser un problema. Su papá se encarga de recordárselo. Con las manos. Con las palabras. Con el silencio de después. Nadie lo sabe. Ni Lucas.
La historia arranca cuando Kaylen empieza a respirar por primera vez. La uni, la cámara, las quedadas de los viernes en el piso de Lucas. Ahí aparece Hunter. El mejor amigo de su hermano. Que no debería de mirarla.
Pero pasa. Porque Alaya y Lucas siempre se aíslan en su burbuja de pareja, y a Hunter y Kaylen no les queda otra que hablar. De tonterías. De círculos y ventanas. De nada importante. Hasta que sin darse cuenta, empiezan a buscarse.
El problema es que Kaylen tiene un secreto del tamaño de su casa. Y los secretos, cuando los guardas con tanto miedo, terminan saliendo por las grietas. Ella se lo cuenta a Hunter una noche, porque él es la primera persona que la mira sin esperar nada a cambio. Él le jura que no va a decirlo.
Y entonces alguien los ve. Alguien escucha. Alguien lo cuenta.
Y lo jodido es que Hunter no la traicionó.
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