Cameron apenas tiene catorce años, pero eso no ha evitado que, a tan corta edad, ya se haya acostumbrado a la relativa monotonía que lleva años rodeando su vida. No le ve nada de malo y, realmente, le encanta vivirla y tenerla con una constante.
Le encanta irse a perder por el bosque cada mañana, pasar tardes enteras leyendo y acurrucarse en su cama apenas llega la noche, especialmente si lo hace con una taza de chocolate caliente.
Le gusta quedarse en casa durante el invierno, cuando la nieve le da la excusa perfecta para pasar más tiempo leyendo y durmiendo; también le gusta tomar el camino más largo hasta la escuela durante la primavera, cuando las flores han floreado y los jardines y el bosque ya no se sienten tan solitarios.
Durante el verano, le gusta ir al bosque o caminar por la orilla del lago con sus amigos; el otoño es su época favorita, cuando el bosque se tiñe de anaranjado y las caminatas alrededor del lago pueden extenderse por horas.
Le gusta su vida, por más aburrida que pueda parecer desde afuera en ocasiones.
Sin embargo, no todo es color de rosa y, cuando su madre obtiene un mejor trabajo, debe despedirse de toda esa comodidad.
Adiós, casa de la infancia y habitación perfectamente adecuada para las sesiones de lectura extendidas. Debe darle la bienvenida a las cajas de mudanza y a una incertidumbre que no hace más que ponerlo de un humor que hace que ni él mismo se soporte.
Y, Dios, ojalá la incertidumbre se limitara simplemente a la mudanza. Daría todo lo que fuera para que aquellos ojos grises no le pusieran los vellos de punta.
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