"Tomo aire solo para recordarlo: eres el aliento que enciende mi paranoia, la abstinencia que me quiebra... y aun así no puedo dejarte ir."
Gemma sabía dividirse en dos mundos, como si su alma hubiera sido diseñada para fracturarse sin romperse del todo.
De día, era la estudiante perfecta: gafas sobre los ojos, cuadernos llenos de anotaciones quirúrgicas, pasos medidos, respiración controlada. Una criminóloga en formación que parecía encajar en la rutina universitaria como una pieza más del rompecabezas.
Pero esa era solo la superficie.
Debajo, algo latía distinto.
Un pulso oscuro.
Un hambre que no se apagaba con la luz del sol.
La noche la reclamaba con violencia.
Allí, Gemma se convertía en su versión más honesta: una silueta afilada, cabello corto, mirada que cortaba como vidrio. Extrovertida, magnética, peligrosa. Una criatura hecha de sombras y deseo, de secretos que nadie debía conocer.
En la oscuridad, Gemma no fingía.
En la oscuridad, Gemma era libre.
Su vida era un laberinto de impulsos y silencios, un territorio donde la soledad no dolía porque ella misma era su propio refugio.
Y aun así... algo faltaba.
Algo que no sabía nombrar.
Hasta que el destino decidió romperle el equilibrio.
Una chica estaba por irrumpir en su vida.
No una cualquiera.
Una presencia luminosa, inesperada, capaz de incendiarle la piel y desordenarle el alma.
Una amenaza disfrazada de sonrisa.
Ese encuentro no sería casualidad.
Sería una guerra íntima.
Un espejo que obligaría a Gemma a enfrentarse a lo que siempre había ocultado:
que amar también puede destruir,
que el deseo puede volverse condena,
y que algunas personas llegan para desarmarte...
aunque tú lleves toda la vida aprendiendo a no sentir.
En la frontera entre el romance y la obsesión, entre el miedo y el deseo, Gemma descubriría que no todas las batallas se libran con armas.
Algunas se libran con miradas.
Con cicatrices.
Con la brutal certeza de que hay almas destinadas a encontrarse
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