El amor nace de distintas maneras para todos, no hay un patrón obligatorio ni reglas a seguir para enamorarse, hay coincidencias, casualidades o simplemente: "el destino".
Fue el caso de Umbra, el gato negro de Sombramonte, que fue abandonado a su suerte con unos pocos días de vida, bajo un matorral de moras, con solo el canto de grillos y el aire húmedo-caliente, típico de octubre; abrazándolo.
No tenía a nadie, excepto a la maravilla que se asomaba de detrás de una densa nube.
La Luna, que, por alguna rara razón; parecía haberlo acogido con su resplandeciente luz. En ese momento inició un vínculo inquebrantable entre él y la reina del silencio, demostrando que el amor genuino no necesita de planes.
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