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PRÓLOGO
Hay amores que nacen en el lugar equivocado, en el momento más inoportuno, entre dos personas que nunca debieron mirarse.
Esta no es una historia de finales felices. Es una historia de fragmentos. De cristales rotos sobre el asfalto mojado, de canciones que suenan a las cuatro de la madrugada y escupen verdades que nadie quiere oír, de bibliotecas que desaparecen y de padres que mueren dejando tras de sí un rastro de pipas viejas y fotografías polvorientas.
Ella se llama Nicole Evans. Tiene veintitantos, la mirada de hielo y una maleta que arrastra desde el aeropuerto hasta el hospital donde su madre, Sophia, yace en coma. No quiere estar aquí. No quiere ver a esa mujer que convirtió su vida en un desfile de maridos, copas de vino y promesas rotas. Pero ha venido. Porque siempre vuelve. Aunque duela.
Él es Sebastián Michaelis. El número diez. El último esposo de Sophia. Un abogado solitario que se casó con una desconocida en un crucero y que ahora carga con una culpa que no sabe cómo llevar. No conoce a Nicole. No sabe nada de ella. Solo sabe que es la hija ausente, la que nunca llamaba, la que abandonó a su madre. O eso cree.
Cuando el azar (o la desgracia) los obligue a convivir bajo el mismo techo, los silencios serán más elocuentes que las palabras. Y entre cigarrillos compartidos, encendedores gastados y secretos que se ocultan en un ático polvoriento, ambos descubrirán que el amor no siempre llega con flores y promesas. A veces llega con ojeras, con reproches, con un "no debería estar sintiendo esto" atrapado en la garganta.
Pero Sophia Evans, incluso en coma, siempre gana. Y cuando despierte, hará lo que mejor sabe hacer: destruirlo todo.
Porque hay historias que no se cuentan. Se sobreviven.
Bienvenidos a "Fragmentos de Cristal".
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