Se suponía que Franco Colapinto era el alfa más afortunado del mundo. A sus veintitrés años tenía un trabajo envidiable, un sueldo jugoso y, sobre todo, había logrado lo que nadie más a su edad: conquistar al omega más hermoso de todos.
Y no solo eso, sino que el pequeño argentino era el alfa de aquel imponente omega. En simples palabras, lo tenía todo.
¿Pero qué tan afortunado se sentía cuando él, el supuesto alfa de la relación, terminaba rendido y a merced de su insaciable pareja cada noche?
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