Después de incontables guerras, traiciones, rebeliones y masacres, los grandes reinos terminaron consumidos por el odio que ellos mismos habían sembrado.
Las ciudades que alguna vez brillaron con riqueza y poder se convirtieron en ruinas silenciosas. Donde antes se alzaban castillos, solo quedaban escombros; donde había vida, ahora reinaban el hambre, la miseria y la desesperación. Era como si el mundo entero hubiese sido tragado por un inmenso desierto, borrando cualquier rastro de la gloria del pasado.
Sin embargo...
En medio de aquel silencio, un pequeño destello apareció.
Los aldeanos, cansados de perder a sus familias en guerras que nunca eligieron, de servir como peones de una realeza ambiciosa y de vivir encadenados al miedo, finalmente alzaron la cabeza.
Esta vez no implorarían misericordia.
Esta vez no retrocederían.
La paz que tanto habían anhelado solo podía nacer del derramamiento de sangre. Habría sacrificios, habría muerte... pero ya no les importaba. Si debían descender al mismo abismo para romper las cadenas que los habían esclavizado durante generaciones, lo harían con una sonrisa.
Porque, al final...
Obtendrían su libertad.
Sin importar las consecuencias.
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