No sé si alguna vez te di las gracias.
Durante tanto tiempo confundí tu lealtad con obligación, tu paciencia con silencio, y tu permanencia con cadenas que jamás romperías.
Fui dura. A veces injusta. Descargué sobre tus hombros tempestades que no habías llamado, y aun así permaneciste de pie, como un faro que nunca reclamó el mar embravecido.
Me protegiste cuando el mundo quería verme caer. Guardaste mis secretos, mis miedos, mis lágrimas escondidas tras una corona demasiado pesada. Y cuando todos veían a una mujer severa, tú todavía encontrabas a la muchacha que temblaba detrás de sus propios muros.
Nunca te lo dije, pero lo sabía.
Sabía que cada herida que recibías por mí la aceptabas sin rencor. Sabía que comprendías mis silencios cuando ni yo misma podía hacerlo.
Y, con el paso de los años, llegaste incluso a quererme. No por deber, ni por juramento, sino con esa sinceridad tranquila que sólo poseen las almas nobles.
No supe corresponderte.
Por eso hoy no quiero darte otra orden.
Quiero devolverte aquello que hace tanto tiempo me entregaste: tu vida.
Eres libre.
Libre de esta puerta que vigilaste, de estas noches interminables, de esta reina que tantas veces olvidó que su guardián también tenía un corazón.
Ve.
Conoce amaneceres que no dependan de mi nombre. Ríe sin mirar sobre tu hombro. Encuentra un hogar donde tu espada descanse y tus manos sostengan flores en lugar de acero.
Si alguna vez piensas en mí, espero que no recuerdes mis gritos, sino aquellos escasos momentos en que pude sonreír gracias a ti.
Gracias... por cada paso a mi lado, por cada sacrificio que nunca pedí, por entenderme cuando yo era incapaz de entenderme, y por quedarte cuando cualquiera habría elegido marcharse.
No volveré a detenerte.
Que la paz, al fin, camine contigo.
Y que, dondequiera que el destino te lleve, puedas vivir tranquilo, como hace mucho tiempo debiste haber vivido.
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